La Fragua


Una figura se recortó entre la niebla. Era un hombre de complexión robusta e iba abrigado con una raída gabardina larga y embozado hasta los ojos con una bufanda gris llena de agujeros. Se paró junto a una esquina, miró a ambos lados, como si tratara de reconocer el sitio donde se encontraba, y luego torció a la izquierda, perdiéndose callejón abajo.

Tunguska. Rusia. Año 2029.

Recogió las bragas de la moqueta y se las puso de nuevo. Se acercó al radiador que había vuelto a pararse y lo golpeó con un viejo libro de Dostoievski, vibró durante un instante y comenzó a funcionar. Un tipo peludo desnudo salió del cuarto de baño contiguo a la habitación. Recogió sus pantalones del suelo y rebuscó en el interior de sus bolsillos hasta que sacó unos cuantos billetes arrugados. Los colocó sobre la mesilla. Se vistió y se marchó con tan solo decir: Das vidan’ya.

Irina suspiró de alivio y se sentó en la cama. Abrió el cajón de la mesilla y empujó los billetes hasta que cayeron en su interior. Sacó un paquete de cigarrillos casi vacío y un mechero, y se puso a fumar. Pensó en que aquel polvo no había merecido tan escaso dinero, pero se contentó con pensar que al día siguiente comería caliente. Corrían tiempos difíciles. La gente moría a diario de inanición o de hipotermia. Sin contar las bajas en el campo de batalla. Si es que en aquel momento existía un campo de batalla. Ciudades enteras en toda Europa se habían consumido por el fuego nuclear. Dudaba que en aquel mismo instante hubiera alguien vivo que recordara por qué comenzó todo, a santo de qué aquella refriega estúpida que acabó con la vida de tantísimas personas y que aún seguía llevándose a más. Miró el cigarrillo que estaba fumando. “Lucky Strike”, traducido al ruso algo así como: “Golpe de suerte”. No se podía ignorar la ironía. Mientras Europa y Asia se veían sumidos en el caos más profundo, los Estados Unidos observaban en primera fila como si fuera una película mala de un domingo por la tarde. A pesar de todo ello, Irina, sobrevivía gracias, en gran medida, a sus dos amigas. Se miró los turgentes senos, que seguían al descubierto, y los acarició cariñosamente.

Alguien llamó a la puerta sobresaltándola. Apagó el cigarrillo en la mesilla, sobre otra quemadura anterior, y sopló la ceniza, que voló por el aire sumándose al polvo que invadía poco a poco la habitación. Se puso un camisón que apenas ocultaba su cuerpo y se acercó a la puerta, tendiendo la oreja.

– Dobroy nochi.- Dijo una voz varonil al otro lado. No esperaba a ningún cliente más aquella noche, pero tampoco iba a negarse a ganar algún dinero extra.

Abrió la puerta. Un hombre alto y fuerte, apretado bajo un abrigo largo y con una bufanda cubriéndole la cara. Tenía nieve sobre los hombros, que fue formando un sendero conforme se adentró en la habitación.

– Ponte cómodo.- Añadió Irina mientras cerraba la puerta. Más de una vez se había imaginado siendo apuñalada por ser tan confiada. Había mucha gente desesperada por conseguir algo de calderilla o simplemente por una cama caliente. Miró el radiador y se sintió algo culpable por tener algo de tanto lujo, pero pronto desechó la idea diciéndose a sí misma que se lo había ganado.

– Spasiva.– Respondió el hombre mientras se deshacía de su chaqueta y la bufanda y las dejaba sobre el reposabrazos de un sillón que había en un rincón.

Irina se sentó al otro lado de la cama, de espaldas a su cliente. El hombre se deshizo del grueso suéter color verde y se sentó en la cama también. Mientras se desataba las botas, Irina le echó un vistazo. Tenía una espalda ancha y con musculatura bien definida. Estaba lleno de cicatrices.  Una cadena metálica le colgaba del cuello. Pensó que podía ser un militar. Arrojó el camisón de su cuerpo al suelo y se abalanzó sobre él. Le resultaba estimulante tener sobre ella un cuerpo atractivo para variar. Acarició las heridas, recorriéndolas con un dedo, como si fueran un camino que llevara a un lugar desconocido.

– ¡No me toques!- Gritó este y ella instintivamente se lanzó hacia atrás. El hombre se puso en pie y se volvió por primera vez, mirándola inquisitivamente.- ¿En qué te has convertido?- Añadió con odio en la voz.

Los ojos de Irina se abrieron como platos al reconocer aquel rostro, que aunque no era exactamente como en sus recuerdos, pues este era más duro y curtido, era bastante familiar.

– ¿Vasili?- Preguntó ella, más para sí que otra cosa.- ¿Hermano?- Irina se apresuró a cubrir su cuerpo.- Creí que habías muerto. Hace dos años que no sé nada de ti.

Los ojos de Vasili parecía que fueran a estallar, y de pronto se vino abajo. Se cubrió el rostro con sus enormes manos y se dejó caer sobre el colchón, agitándola a ella, que se debatía entre la sorpresa y el miedo. Lentamente, extendió la mano y la apoyó sobre su hombro tratando de consolarle. Estaba llorando.

– ¿En qué me he convertido yo?- Dijo Vasili entre dientes. Ella no dijo nada. Se enjugó las lágrimas y se volvió, mirándola fijamente.- He visto las cosas horribles de las que es capaz el ser humano. Gente muriendo a mi alrededor. He visto niños ser sacrificados por sus propios padres por nacer con malformaciones a causa de la radiación. He sentido el fuego enemigo volar por encima de mi cabeza mientras me preguntaba qué les habíamos hecho o quien lo había empezado. He matado.

Vasili se puso en pie, tensando los músculos y sin dejar de mirar a Irina.

– Y después de todo esto, sigo aquí. Estoy vivo.- Dijo con orgullo.

– ¿Te han licenciado?- Preguntó Irina. Y por unos instantes volvió a sentir que tenía una familia, y que todo por lo que ambos habían pasado había quedado por fin atrás; Pero Vasili no contestó. Siguió manteniendo la mirada. Irina analizó su rostro. Cualquier parecido que tuvieran en el pasado como mellizos que eran se había esfumado, perdido en mil campos de batalla.- Has desertado.

– Estoy por encima de todo.- Contestó él. Se miró sus grandes manos mientras las abría y las cerraba en un puño.- Estas manos han quitado vidas, pero se ha acabado. Nunca más. Soy una nueva persona.

– ¡Pero la Guardia Zarista te perseguirá y te matará!

Cuando por segunda vez en aquella extraña noche, alguien llamó a la puerta, Irina contuvo la respiración, mientras que Vasili se puso en guardia, como si fuera un gato montés que se viera acorralado.

– Dobroy nochi. Inspección.- Gritó la voz tras la puerta.

Irina saltó de la cama e indicándole a su hermano que no hablara, lo cogió de la mano y lo arrastró hasta el cuarto de baño. Allí le apremió a entrar en la pequeña ducha y corrió la cortina floreada. Vasili no puso ningún impedimento, pero estaba en constante tensión. Irina corrió a recoger el camisón y se lo puso de nuevo. Se revolvió un poco el pelo y abrió la puerta. Había dos hombres de frondosos bigotes y uniformados. La Guardia Zarista.

– Dobroy nochi, señora.- Dijo uno de ellos de voz tosca pero de forma educada.- Nos han avisado de que han visto a un extraño por el vecindario. ¿Ha visto usted algo?- Irina se limitó a negar con la cabeza.- ¿Le importa que echemos un vistazo?- Desde luego no esperaron una contestación. Irrumpieron en la habitación con una mano sobre la culata de sus armas.

– ¿Quieren tomar algo agentes? ¿Un poco de Vodka tal vez? Es una noche muy fría.- Intentaba ser cortés para que decidieran que no había nada interesante que ver allí. Uno de ellos parecía que iba a contestar afirmativamente a la invitación, pero el otro, tal vez su superior, lo miró inquisitivamente y el primero dejó escapar de mala gana: “Niet. Spasiva.”

– ¿Qué hay tras esa puerta?- Preguntó el que llevaba la voz cantante.

– El baño.- Se apresuró a aclarar ella. E impotente se tuvo que limitar a ver como se aproximaba a la puerta con intención de atravesarla. Vio como el otro, en lugar de registrar, no quitaba ojo a sus pechos, que apenas quedaban ocultos bajo aquel trozo de tela.

El guardia abrió la puerta y entró en el baño. Irina contuvo la respiración. El otro se acercó a ella, sin dejar de mirarle los pechos.

– Mi turno acaba dentro de una hora.- Dijo.- Podría invitarte a cenar.- Irina sabía por experiencia propia que los miembros de la guardia, que nadaban en la abundancia, compraban con comida los favores sexuales de las jovencitas desesperadas.

Un ruido se oyó en el baño y luego otro de algo chocando contra el suelo. El guardia que estaba junto a Irina dio un brinco y sacó su arma. Vasili, con los músculos en tensión apareció bajo el umbral. Tenía los ojos, nuevamente, inyectados en sangre y la mandíbula desencajada. Irina pensó que tenía un aspecto aterrador, y vio por el rabillo del ojo como el guardia temblaba aún sosteniendo un arma. Éste vio a su compañero tendido en el suelo a espaldas de Vasili y frunció el ceño con una maldición. Apretó el gatillo, pero Irina saltó sobre él, recibiendo el impacto. Ella se desplomó en la sucia moqueta ante la sorpresa tanto del guardia como de Vasili, quien miró el cuerpo y luego a su asesino. El guardia dudó un segundo, pero luego alzó de nuevo su arma y volvió a disparar. Una bala pasó junto a Vasili y se incrustó en la pared. Vasili atravesó la habitación como un rayo y se arrojó por la ventana. Envuelto en una lluvia de cristales aterrizó rodando en la nieve, ahora tachonada de rojo sangre. Miró hacia la ventana en el segundo piso y echó a correr, penetrando en la niebla.

Mientras huía, no lloró por Irina. Sin saberlo, las lágrimas que vertió sobre la colcha de su hermana, minutos antes, serían las últimas que derramaría. La guerra y las adversidades le habían hecho más fuerte, un superviviente, pero le habían matado por dentro.

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