Los invitados

Mujer

Dejé atrás el baile, con su bullicio y sus estridentes instrumentos de cuerda que me perforaban el cerebro. Me resguarde en una habitación vacía del piso de arriba consumido por un tedio ebrio que no me permitía pensar. Tenía los sentidos abotargados y buscaba con desesperación una salida a la fría noche de la ciudad. Deslice la puerta corredera del balcón y vi su espalda perfectamente perfilada que aquel fino vestido de noche dejaba al descubierto. Durante un instante dudé, sin dejar ir el pomo de la puerta, pero tampoco pude dejar de contemplarla. La brisa nocturna me acarició las mejillas y pude notar como el color rosado acudía a ellas. Ella no se volvió en ningún momento; Observaba en silencio el tráfico de la avenida principal que parecía tan lejano desde allí arriba. No se como lo deduje, tal vez por su movimiento de hombros, o quizás por el aroma triste que me llegó de su perfume, pero supe que estaba llorando. Quise acercarme y consolarla con palabras amables, pero nunca tuve esa clase de valor. Decidí retirarme y no molestarla, de modo que, con cuidado, cerré la puerta y di un paso atrás para observarla una última vez  a través del cristal antes de volver al salón con el resto de invitados. Pero ya no estaba allí.
Creí que había sido producto de mi imaginación. Que todo lo era. No recordaba qué hacia en aquella fiesta ni quién me había invitado, o ni tan siquiera como había llegado, ¿En taxi tal vez? Estaba mareado y confuso. La copa de champan que llevaba en la mano hacía rato que había perdido todo el gas, y ahora tan solo burbujeaba en el interior de mi cabeza. Pero a pesar de todo sabía lo que había pasado.

A la mañana siguiente todo parecía más irreal, pero la noticia en primera plana en el periódico no me permitió seguir ignorándolo por más tiempo. Un escalofrío me recorrió la espalda y me descubrí pensando en lo que no quería pensar. En aquella remota posibilidad, una simple gota en un mar de posibilidades infinitas. Aquella duda era lo que más me torturaba y como nunca encontraría una resolución clara a aquellas cuestiones. Pero era así, un par de palabras amables de un desconocido podrían haber cambiado las cosas.

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Una mala copia

“Todos nacemos originales y morimos copias.”
Carl Gustav Jung
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Una mala copia

El chico de mantenimiento estaba agachado junto a la fotocopiadora. Las tripas del aparato se hallaban diseminadas por el suelo. Laia se encontraba de pie junto a la puerta, apretando un dossier contra el pecho. Tenía la vista fija en el trasero del muchacho, el cual se marcaba de una forma poco sutil bajo el mono de trabajo. “Seguro que va al gimnasio”, pensó Laia. El muchacho se volvió para coger una herramienta de su caja y se dio cuenta de su presencia por primera vez. Laia se sonrojó.

– Ya volveré luego.- Dijo ella incómoda y se dispuso a marcharse.

– No hace falta.- Contestó él.- Ya casi he terminado.- Y le regaló una espléndida sonrisa.

Laia asintió con la cabeza y permaneció en el mismo lugar mientras el chico volvía a introducir sus manos en el cuerpo de la bestia. Trató de mirar a otro lado mientras esperaba, por lo que paseó la vista por la habitación de fotocopias. No había nada de especial interés. Estantes con papel de diferentes medidas y gramajes, algunas cajas de tóner y un poster motivacional donde salían un grupo de pingüinos y una frase rezaba debajo: Trabajo en equipo. En la pared de enfrente vio un tablón de corcho lleno de anuncios. Se fijó en uno que anunciaba una fiesta en la playa organizada por algunos compañeros. Sin querer, su vista la traicionó y se posó de nuevo en aquel perfecto trasero. Se maldijo por su falta de fuerza de voluntad, pero acto seguido prefirió disfrutar que hacerse reproches.

Lo cierto era que el chico era bastante guapo y aunque apenas había cruzado con él más que un par de saludos cordiales, le parecía simpático y agradable. No es que ella fuera el tipo de chica que se prestara a cotilleos, pero más de una vez, al entrar en la sala de descanso, había escuchado a las chicas de centralita desgranando los entresijos de aquel atractivo cuerpo. Laia no solía hablar con las tele-operadoras porque le molestaba la gente que escupía palabras como una ametralladora, y ciertamente éstas eran de ese tipo. Pero aquella conversación la escuchó con atención mientras se servía café. Hablaban del muchacho como si fuera una chocolatina. Ella se sintió molesta por aquel trato más propio de los hombres, pero ahora ella no podía dejar de mirarle el culo. Trató de imaginar qué tipo de persona sería en realidad, al margen de tan buen aspecto. Comenzó a imaginar que sería salir con él. De alguna forma se vio transportada a una noche veraniega, a una fiesta en la playa.

La luna estaba llena y las estrellas brillaban en el cielo. Laia llevaba un bikini blanco y un pareo de flores alrededor de la cintura. Se había recogido el pelo en un moño improvisado. Cogiéndola de la cintura avanzaba junto a ella Marco, el chico de mantenimiento. En realidad Laia no conocía el nombre del muchacho, pues en la etiqueta bordada de su uniforme ponía: M. Ferrer. Marco llevaba un bañador tipo surfista de color azul y blanco, y una camiseta negra de tirantes. En su mente ya era la tercera cita, y las dos anteriores, claro, habían sido perfectas. Buena música, buena comida y él muy galante. Nada más. No era una chica fácil. Llegaron a la fiesta y se acercaron a la hoguera. Algunos compañeros se acercaron y les felicitaron por estar juntos.

De algún lugar de su mente, apareció un conjunto musical, ciertamente famoso, pero que el nombre, en aquellos momentos, a Laia se le escapaba. Y comenzaron a bailar. La cosa marchaba a la perfección. Sin saber cuánto tiempo había pasado, ella se encontró exhausta de tanto baile y decidió ir a sentarse. Marco trató de convencerla de continuar, al menos otra canción, pero no pudo disuadirla,  de modo que en lugar de ir tras ella para descansar, se agarró a la primera chica que pasó por allí. Laia, sentada sobre una toalla, no podía creerlo, su chico estaba bailando excesivamente pegado con la pelirroja de administración. La tía más promiscua del departamento. Y si había alguna cosa que le costara cerrar más que le boca eran las piernas. Para alivio de Laia la canción terminó y se separaron. Marco cogió un par de latas de cerveza de un cubo lleno de hielo y se sentó junto a ella. Marco dejó una lata sobre la arena y abrió la otra de la que escapó un reguero burbujeante de espuma. Laia extendió la mano creyendo que Marco le iba a dar la cerveza, pero este, sin siquiera mirarla, se la llevó a la boca y, con un largo trago, se la bebió de golpe. Dejó escapar un estruendoso eructo. Lanzó la lata que cayó junto a un cubo que habían dispuesto como basura y cogió la otra ante la mirada de sorpresa de Laia. Marco al descubrir que ella le observaba la lata de la mano, pegó un pequeño sorbo y dijo: Si querías me lo podrías haber dicho.

Cuando Marco apuró la segunda lata se tumbó sobre la toalla. El grupo tocaba una canción romántica. Laia decidió dejar de banda el incidente y se tumbó junto a él, mirándole. Marco sonrió. “Que sonrisa tan bonita tiene”, pensó ella. Se estiró y le besó en los labios, olvidándose de todo lo demás. Él la correspondió. Los besos se hicieron más intensos. Notó como la lengua de Marco se adentraba profundamente en su boca, cosa que la incomodó un poco, pero lo dejo continuar. Entonces su mano derecha, hasta ahora sobre la cadera de Laia, se deslizó furtiva y audaz sobre uno de sus pechos. Laia dio un respingo hacia atrás, pero la mano siguió ahí.

-Espera, vamos un poco deprisa.- Dijo ella sintiéndose incómoda y mirando de reojo que nadie la observara.- Este no es el mom…

Marco se lanzó de nuevo sobre su boca ignorando lo que decía. Ella se apartó y le quitó la mano. Enojada se levantó y se marchó de su lado. Se acercó a la hoguera, enfurruñada y cruzada de brazos. Esperaba que en cualquier momento Marco viniera pidiendo disculpas, pero los minutos se sucedían y él no aparecía por ningún lado. Finalmente se dio la vuelta y lo busco con la vista. “¡Maldito Cabrón!”, pensó. Se estaba dando el lote con una de las cotorras de la centralita, y encima le estaba cogiendo el culo como si quisiera exprimírselo. La mandíbula se le desencajó y por un momento creyó notar cómo le pesaban los cuernos sobre la cabeza.

– Ya la tiene arreglada.- Dijo el chico de mantenimiento.

Laia, aún con la cara desencajada, le lanzó una mirada llena de ira que dejó helado al muchacho.

– Cretino.- lanzó ella y salió de la habitación dejando al muchacho petrificado.

No entendía lo que acababa de pasar. Se puso la mano frente a la boca y echó el aliento. Luego lo olió. No olía mal. Se encogió de hombros, recogió el instrumental y antes de marcharse echó una ojeada al letrero de la Fiesta playera. Sonrió y se fue.

Otro puto cuento

“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.”
George Orwell

Tres osos

Otro puto cuento

El día era soleado. Era soleado y alegre como en todos los malditos cuentos de hadas, en los que más tarde o más temprano alguien se pone a cantar en lugar de narrar las cosas en prosa. Sí, era un día feliz como todos en el bosque, excepto para Ricitos de Oro. Desde que la muchacha había tenido uso de razón, se había percatado del daño que sus padres le habían hecho al ponerle un nombre tan estúpido y repipi. Ricitos, acababa de saltarse las clases, no era que no le gustara estudiar, que no le gustaba, era porque sus compañeros siempre se burlaban de ella por su nombre, por eso y porque su madre la obligaba a ir vestida como una jodida pastora. Pero si no había visto una puta oveja en su vida. Bueno, de modo que se adentró en el bosque con la esperanza de sentarse tranquila y liarse un par de porros. Lamentó no llevar consigo la botella de ginebra que había hecho comprar el otro día a un vagabundo a cambio de medio bocata de mortadela, y que tenía que ocultar dentro de su muñeca Nacha, o “Nacha la borracha” como solía llamarla.

Entonces se topó con una cabaña en medio del bosque. Le pareció extraño, pues era una choza guapa y bien conservada. Una luz se iluminó dentro de su mente. Se acercó sigilosamente a la puerta y llamó un par de veces, y esperó. No había nadie. Se frotó las manos y sacó de su bolsillo su Kit especial del buen criminal. Un juego de ganzúas de lo más completo. Sus padres eran unos ignorantes, pues se lo había pedido para Navidad el año pasado, y los muy ilusos creyeron que se trataba realmente de un juego. Serán imbéciles los mayores.

Forzó la puerta sin dificultad. Aquellos ricachones estaban vendidos, allí en medio de ninguna parte. Seguro que tenían cantidad de cosas que luego podría vender a su colega el Empeños. Entró en la cocina, y topó con una mesa dispuesta ya para la comida. En ella había tres platos llenos de sopa. Se acercó al primero, metió un dedo. Uf, estaba ardiendo. Se puso ante el segundo. Tomó cuidadosamente una cucharada. Eh, esta está demasiado fría. Y se acercó, ya reticente, al último, que estaba frente a una silla más pequeña que las otras. Se llevó una cucharada a la boca. Argh, ya no me acordaba de que odio la sopa, se dijo. Cogió de la mesa una botella de vino tinto con aspecto de ser de buen año (vamos, caro) y se amorró a ella. En cuestión de un momento se la había acabado. Tambaleándose por el vino, subió al segundo piso. Había solo una habitación, con tres camas puestas la una al lado de la otra. Se tumbó en la primera. Saltó al momento rascándose por todas partes. Estaba llena de pelos. Se echó en la segunda. Desprendía un olor desagradable a potingues para el cuidado del cabello que la mareó, así que se bajó. Ya tan borracha que no podía dar un paso más se desplomó sobre la última y quedó grogui.

Mientras tanto, tres extraños seres se acercaban a la mansión, brincando y cantando. Joder claro, es que al fin y al cabo esto es un cuento. Eran los tres osos. Papá oso, mamá oso y el hijo oso. Cuando fueron a entrar en su “keli” se toparon con que la puerta había sido forzada. Papá oso sacó su Magnum 44 y entró sigilosamente, seguido por el resto de la familia. Mamá oso corrió a la cocina y se llevó las manos a la cara horrorizada cuando descubrió que no había fregado los platos antes de irse, y el fregadero estaba lleno. Es que Mamá oso era una señora de su casa con todas las de la ley, muy comprometida con la limpieza del hogar y las reuniones de “tupperware”.

– Alguien s’ha papeao nuestra manduca, viejos.- Dijo el hijo oso tal y como hablan los jóvenes de hoy día.

Papá oso mosqueado empuñó con fuerza su revólver y cerró la puerta de la entrada con llave. Si alguien había roto la quietud de su hogar le rompería las piernas a cambio. Subió seguido por su familia. Entraron en el dormitorio. El hijo oso gritó:

– Mira viejo, hay una chorba sobando en mi piltra.

Ricitos se despertó sobresaltada y Papá oso le apuntó con el arma. La muchacha se echó al pie de la cama esquivando los tiros. Oía como las balas silbaban sobre su cabeza. Se maldijo por haber entrado en la puta casa de los osos sin haberse fijado en el emblema de la Asociación Nacional del Rifle que colgaba junto a la entrada. Aquellos animales estaban a punto de joderla bien. Como iba a volver a casa con el puto vestido de pastora con un agujero de bala. Casi prefirió salir y que le volaran la cabeza. Pero se lo pensó mejor, tal vez por los efectos de la María o el alcohol. Se armó de valor y saltó por la ventana. Lo que no podía imaginarse Ricitos de ninguna de las maneras, era que debajo de aquella ventana había un foso lleno de estacas afiladas que acabarían con su vida. Los tres osos se acercaron a la ventana y miraron a través. Entonces Papá oso dijo:

– Ves hijo, todas hacen lo mismo.

– Ya tenemos la cena.- Dijo Mamá oso.- Voy a ir calentando los fogones.

Los tres osos se abrazaron y bajaron de nuevo las escaleras cantando y brincando, como en los putos cuentos de hadas. Y vivieron felices y comieron Ricitos de Oro.

El libro de los Hidalgos – Capitulo Segundo

Segundo capítulo de estas cortas fábulas sobre hombres de cuna alta y nobles, a la par que necias, intenciones. Aquí el primer capítulo.
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“Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir.”
Honoré de Balzac

Capitulo Segundo

El gentil jinete Don Sergio

El Hidalgo Don Sergio García
sobre su gentil montura
el más apuesto se creía.
.
Al trote y al paso galopaba,
irguiéndose en toda su estatura
ante las gentil damas.
.
Las mozas más apuestas se sonrojaban
cuando el Hidalgo sobre su montura
una mirada las dedicaba.
.
Un día Don Sergio,
paseando por la villa
Descubrió a una Dama bajo una sombrilla.
Aminoró el paso con aire galante
hasta situarse junto a su carruaje.
.
La dama alzó la vista hacia Don Sergio
que creyó perder la razón
aquella mujer le había robado su corazón.
Irguiese Don Sergio en toda su estatura
pero la mujer no le miraba
solo le interesaba su montura.
.
Sintió una ira sin igual
al sentirse traicionado por el animal.
Agitó su vara golpeándole
al que hasta ahora había sido
su fiel corcel.
.
El caballo se agitó enfadado
pues también se sentía traicionado.
Relinchó y se encabritó el animal
acabando con su amo en un lodazal.
.
La dama rió ante tal payasada,
y la galantería de Don Sergio
se volvió agua pasada.
Desde entonces quien lo ha visto
cuenta que huraño se ha vuelto
y algo arisco.

El Libro de los Hidalgos – Capitulo Primero

“Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen.”
Ernest Hemingway
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Capitulo Primero

El valeroso Hidalgo Don Ferran

En un lugar de España
cuyo nombre no es menester preguntarse,
vivía galantemente el ingenioso Hidalgo
Don Ferran
conocido en la comarca
por su afán de hacer el bien
y su aspecto señorial.
.
Puesto que un día, el ingenioso Hidalgo
viérase con una carta entre sus gentiles manos.
Un sello del Rey
descubrió sorprendido
y apresurase a conocer lo desconocido.
.
Poco podía imaginar que a todo un caballero como a él
a filas lo pudieran llamar.
Presto y con ligereza
cogió su casco y se lo echó a la cabeza.
Su patria su ayuda pedía
y ningún Hidalgo de buen nombre se la negaría.
.
A filas marchó el pobre soldado
con su inocencia a la espalda
Y en su mano el cayado.
.
Muerte dio a mil enemigos
pero solo uno bastó para rajarle el ombligo.
En su zanja de guerra se desangraba
poco a poco veía como su vida acababa.
Su mente viajó volando al pasado
a la época en que no era
más que un Hidalgo honrado.
.
Con la sangre en sus manos
recordó haber matado a otros humanos.
Sollozando pidió la extremaunción,
pero no había cura en aquel lugar
alejado de la mano de Dios.
.
Así murió el Ingenioso Hidalgo
Sin valentía ni bravura
Pues al dar muerte a otros
Cavó su propia sepultura.

Platos rotos

“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón.”
Jorge Luis Borges

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Platos rotos

Adela abrió con ímpetu las puertas del armario ropero y se lanzó a su interior. Apartó de un plumazo los abrigos que pendían en sus perchas y revolvió los jerséis que permanecían estrictamente doblados sobre sus estantes. ¿Dónde diablos lo había guardado? Desvió la mirada hacia arriba, hacia un alto estante lleno de cajas y otros objetos. Arrastró hasta allí una silla y la utilizó como escalera. Mientras apartaba objetos que no recordaba poseer, se maldijo por no recordar donde había guardado algo tan importante. Ante la desesperación arrojó un grupo de cajas al suelo. Un montón de fotografías que había en una de ellas, se vio desparramado por el suelo del dormitorio. Adela bajo de la escalera con un cuidadoso saltito, y se arrodilló junto a las fotografías. Cogió una con sumo cuidado de no dejar marca con sus dedos. Aparecían ella y Eli, su hermana, vestidas de noche y muy sonrientes. Era la noche del concierto. Recordaba aquella noche aunque hubieran pasado ya diez años, ¿cómo podría olvidarla? Pues aquella fue la noche en que todo comenzó a cambiar.

Recordaba el auditorio. Una cámara enorme que respiraba historia a través de cada moldura. Recordaba cómo estaba Eli de emocionada por tocar en un lugar como aquel, ante tantísima gente. Eli tocaba el violín, y Adela la envidiaba por poseer aquel extraordinario talento. Ella en cambio había sido toda su vida una negada para el arte, para cualquier forma de creación en realidad; pero, en su lugar, se había puesto la meta de conseguir que Eli llegara a lo más alto, que cumpliera sus sueños por las dos. Aunque últimamente se habían distanciado. Adela no la culpaba, pues ella también había estado algo ocupada, desbaratando un par o tres de relaciones propias sobretodo, pero quien las contaba. Eli, por su parte, se había casado el año anterior, por lo que ya sería bastante difícil para ella sacar adelante su vida familiar y su carrera, en aquellos momentos en auge.

Adela miró a la butaca vacía a su derecha. Adolfo, el marido de Eli, como tantas otras veces, no se había dignado en aparecer. Al principio de su relación, Adela, se había alegrado por su hermana. Era cierto que Adolfo causaba una buena primera impresión, era atractivo e inteligente, y parecía saber cómo agradar a la gente. Pero de un tiempo a esta parte había comenzado a cogerle cierta manía, en parte por robarle a su hermana, cosa que nunca confesaría a Eli. Las luces se apagaron y se alzó el telón. La orquesta filarmónica estaba en sus puestos, esperando las indicaciones del director, quien golpeó la batuta sobre el atril y la música rompió a sonar. Eli estaba de pie, era el primer violín, y los sonidos de su instrumento resaltaban por encima de los demás. Adela dejó de pensar, y se abrió a la música de Bach. Un sentimiento de tristeza la sobrecogió. Por un momento creyó ver en el rostro de su hermana que rompería a llorar, pero se recompuso. Adela lo achacó a la emoción de la sinfonía.

Cuando la música se silenció el público restalló en aplausos efusivos, alzándose en pie. La orquesta saludó al público y el telón volvió abajo. Adela, pidiendo permiso y dando disculpas por algún que otro pisotón involuntario, corrió hacia bastidores. Allí se lanzó a los brazos de Eli, apretándose bien fuerte.

– Enhorabuena.- Gritaba excitada Adela.- Ha sido estupendo. Has estado fantástica.

Mientras la estrechaba a Eli se le escapó una mueca de dolor y Adela la soltó. Su hermana se agarraba el brazo mientras se volvía dándole la espalda.

– ¿Qué ocurre? ¿Te he hecho daño?

– No, no. Tranquila.- Dijo Eli mientras se deslizaba hacia la puerta del camerino para cerrarla a la mirada de curiosos.- Me di un golpe el otro día. Ya sabes que soy un poco torpe.

Adela se mostraba preocupada, pero no quería resultar pesada, de modo que no insistió. Aunque en aquel momento no le dio mayor importancia al asunto, las cosas cambiaron desde entonces. Eli no volvió a tocar el violín, por lo que ella sabía, ni tan siquiera en privado. Una lágrima cayó sobre la fotografía que aún sostenía pero hacía rato ya no miraba. Se enjugó la cara y miró el reloj de su pulsera. Se le había hecho tarde. Comenzó a recoger con premura las fotos esparcidas y arrojándolas dentro de la caja. Descubrió así, bajo el montón, una bolsa de tela negra con una cremallera. Ahí estaba. Lanzó la última foto a la caja y con el pie las empujó al interior del armario. Recogió la bolsa y guardó en el bolso con cuidado. Cogió la chaqueta y el bolso y salió a toda prisa dando un portazo.

Cuando entró en la habitación el médico ya estaba allí. Adela cerró la puerta tras de si, y casi sin mirar al doctor se situó a los pies de la cama.

– Lo siento. No he podido llegar antes.

– No se preocupe.- Dijo el médico mientras pulsaba un botón en la pared.- Podemos empezar cuando usted quiera.

Una enfermera entró en la habitación y rodeó la cama, situándose junto a los aparatos electrónicos que, Adela, solo podían intuir para qué servían. Se fijo en un grande que contenía una especie de fuelle en su interior y que producía un ruido persistente de insuflaciones de aire. Era molesto, pero Adela no podía soportar la idea de que parara de una vez por todas.

– Adelante.- Dijo Adela. Rodeó la cama hasta la cabecera y acarició el rostro de su hermana con cariño. Lágrimas anegaron de nuevo sus ojos. Eli parecía dormida. Lo parecía desde hacía cinco años. No sabía como había sucedido exactamente. Lo único que sabía a ciencia cierta era que a su hermana le habían propinado tal paliza que casi no pudo reconocerla cuando llegó al hospital. En aquel instante todos los cabos se unieron. Todos aquellos detalles del pasado que había pasado por alto. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Le cogió la mano.

El médico le hizo un gesto a la enfermera y ésta pulsó un botón. La máquina dejó de bombear aire casi al instante. Unos minutos más tarde, que a Adela le parecieron horas enteras, el doctor puso su estetoscopio sobre el pecho de Eli, miró su reloj y confirmó la hora del fallecimiento.

– Le acompaño en el sentimiento.- Dijo el doctor con tono suave que Adela no alcanzó a oír.- Le dejáremos un momento  solas. Luego hablaremos del papeleo. El médico y la enfermera abandonaron la habitación.

Adela se quedó sola, siendo consciente por primera vez de que se encontraba sola. Eli ya no estaba. En realidad Eli había muerto cinco años atrás, cuando los médicos dijeron que no existían muchas posibilidades de que llegara a despertar. Pero al mantener su cuerpo con vida, había mantenido la esperanza. Una esperanza que hoy había arrancado de raíz. Era el momento de que descansara por fin. Aquel era un día señalado. Quizás Eli, aunque se hubiera recuperado del coma, no hubiera superado aquel día. Era mejor de aquella forma. Simplificaba en cierto modo las cosas.

Adela se inclinó y besó a su hermana en la frente, susurrando un adiós que escapó de sus labios como una exhalación. Cogió el bolso enérgicamente y salió de la habitación sin mirar atrás. Mientras avanzaba por el pasillo tratando de contener la necesidad de derrumbarse y gritar, oyó como la enfermera la llamaba. No miró atrás. Salió del hospital y subió a su coche. Luego se alejó de allí. Tenía cosas que hacer.

Despertó sobresaltada. Se había quedado dormida en el asiento del conductor. Le dolían las cervicales por la mala postura. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Miró el reloj en el salpicadero. Suspiro de alivio al comprobar que aún quedaba algo de tiempo. Tanteó el bolso que reposaba en el asiento del copiloto, como si tratara de asegurarse de que seguía allí donde ella misma lo había dejado. Todo iba según lo previsto. Bajó la ventanilla y observó el edificio que se alzaba al otro lado de la calle. Una pared alta de ladrillos y un enorme portón metálico. De pronto chirriaron los goznes y la puerta se abrió. Salió de allí un hombre vestido con unos vaqueros y una camisa blanca de rayas azules. El hombre se detuvo en medio de la acera, mirando hacia ambos lados y no decidiéndose en qué dirección tomar. Adela se apresuró a coger el bolso y sacó la bolsita negra. Corrió la cremallera con delicadeza y extrajo el contenido. El revólver lanzó un destello al contacto con la luz del sol. Abrió la recamara e introdujo dos balas. Con el arma en la mano se asomó por la ventanilla. Encañonó al hombre mientras lo miraba con odio. Adolfo echó a andar calle abajo, pronto se pondría a tiro. Al acercarse más, Adela, lo contempló debidamente. Se veía mucho más viejo, parecía desnutrido y pálido. Las canas se habían apoderado de su pelo antes oscuro como el azabache. Era una visión lamentable. Un saco de huesos y pellejo. Pero esto no amedrantó la determinación de Adela, lo que lo hizo lo que descubrió en sus ojos. Vio a una persona rota, asustada e indefensa. Adela guardó el arma y subió la ventanilla justo al tiempo que él pasaba de largo. Lo observó a través del retrovisor, alejándose sin rumbo fijo.

Adela tomó aliento. Miró sus ojos en el retrovisor interior como le devolvían la mirada. No sentía que Adolfo hubiera pagado. ¿Por qué le había dejado ir? No había sido una decisión fácil. Pero creyó que no le hubiera aliviado el dolor que sentía en aquellos momentos. No, era mejor esperar. No quería matar a una sombra. No podía arrebatarle algo a alguien que no tenía nada. Cuando llegara el momento, ella ya estaría allí, esperando. Es lo que mejor se le daba en el mundo, esperar.

El Réquiem de Elisa

Esto si que es un hallazgo arqueológico. Relato antiguo donde los haya. No me juzguéis duramente…

El réquiem de Elisa

La noche era fría. La humedad calaba hasta el interior mismo de los huesos. Pero pensé que quizás la destemplanza que sentía se debía más a algo emocional que climático. No tenía perdón de Dios por lo que acababa de hacer. Pero no me importaba demasiado la opinión de éste, pues hacia tiempo que ya no me escuchaba, o yo no le prestaba atención, no lo sé. Puede que las dos cosas. El lastre que arrinconaba a mi conciencia era suficiente para doblegar mi alma, con o sin intervención divina. Acababa de matar a mi mejor amigo. Eso sí, fue en defensa propia. Y no lo digo por justificarme, pues este hecho no me hace sentir mejor, pues fue culpa mía que él arremetiera contra mi persona cual bestia sedienta de sangre. Creo que comienzo a divagar. Debería comenzar por el principio.

Rodrigo y yo éramos amigos desde niños. Cuando mis padres me llevaron el primer día a la escuela, allí estaba él, sonriente y vivaracho. De hecho no recuerdo  haberlo visto nunca enfadado o con una mueca de disgusto. Nunca, claro, hasta el día en que lo maté. Bueno el caso es que nos hicimos amigos en seguida. El lo convertía todo en un juego, en algo divertido. En muchos líos me metí por su culpa, pero no me arrepiento, pues fueron las experiencias mas enriquecedoras de los días de mi juventud.

Así seguimos Rodrigo y yo hasta la Universidad, de fiesta en fiesta y de barra en barra, pero siempre manteniéndonos unidos. Si uno suspendía un examen el otro también, y viceversa. Nos propusimos que nada nos separase. Pero no podíamos ver más allá del día presente y no podíamos prever que alguien se interpusiese entre nosotros. Elisa. Ambos habíamos salido con chicas antes, y aunque esté mal decirlo, incluso habíamos compartido alguna, pero ninguna se podía comparar a Elisa. Nunca olvidaré el día en que ella apareció de repente en nuestras vidas. Una mañana soleada de septiembre en la primera clase del semestre, aún saboreando los últimos retazos de las vacaciones que pronto se verían como algo lejano, ella entró en el aula. Rodrigo y yo nos miramos y después la contemplamos de arriba abajo con ojos sediciosos. Era escultural. Un metro setenta y dos de curvas inacabables. Su media melena castaña clara se agitaba con sus movimientos y su flequillo le caía graciosamente sobre los ojos. Aquellos ojos, verdes como el mar antes de una tormenta. Pero lo mejor eran sus labios. Aquellos labios que se curvaban tan a menudo en una mueca de felicidad, fueron los que me convencieron que tenía que ser mía. Y quizás de una forma diferente a las anteriores, podría ser que fuera la definitiva.

Ella se paró frente a la primera fila buscando entre la multitud un sitio libre. Entonces Rodrigo se levantó, aprovechando mi ensimismamiento, y haciéndole un gesto con la mano señaló un sitio libre a su derecha. La verdad es que Rodrigo siempre había sido de carácter más abierto, y sabía entenderse con la gente. Esto me da que pensar, pues jamás lo vi con otro amigo que no fuese yo o que no fuera conocido de ambos. Puede que no necesitara más amigos después de todo y por eso no los buscaba. La verdad es que estos pensamientos me hacen sentirme peor en estos momentos, pero no se puede cambiar lo que está hecho. Mi padre siempre decía: Cuando hagas algo mal, no desperdicies el tiempo lamentándolo, simplemente saca el partido que puedas. Puede que fuese lo único bueno que mi padre me dijo, pues era un jugador y un alcohólico irremediable. Así entró Elisa en nuestro círculo. Llegó con su cálida sonrisa y se sentó junto a Rodrigo. Ahora veo aquel momento como algo premonitorio, pues habiendo un asiento libre a mi diestra escogió el de Rodrigo. Escogió a Rodrigo. Pero no me rendiría. Yo no soy de los que se dan por vencidos, eso me pondría a la altura de mi padre y nada mas lejos de lo que desearía.

Salimos muchas veces los tres juntos, y lo cierto era que nos lo pasábamos bien. A pesar de ello, sentía que no era suficiente. Cada vez que se me acercaba, cada vez que bailábamos, cada vez que me miraba sentía unas incontrolables ganas de poseerla allí mismo, hacerla mía.

Aquella fatídica noche fría, Rodrigo se presentó ante mi puerta lanzando juramentos y maldiciones. La madera de la puerta temblaba y crepitaba ante sus golpes. No podía dejarle entrar porque sabía que me mataría. Y la verdad es que tenía razones para odiarme. Tras unos incesantes minutos de gritos, pareció calmarse. El tono de su voz disminuyó, pero seguía escupiendo el mismo veneno. Decidí tratar de arreglar las cosas y abrí. Intenté explicarle que no valía la pena discutir, que una mujer no podía interponerse entre dos buenos amigos como nosotros, pero no sirvió de nada. Metió la mano en su chaqueta. Yo no entendía qué buscaba en ella y no podía creerlo cuando vi aquel artilugio metálico que relucía con la ténue luz de mi apartamento. ¿De donde había sacado Rodrigo un arma? Seguramente la compró sólo para quitarme de en medio. Instintivamente reaccioné. Salté sobre él y forcejeamos hasta que un trueno nos sumió en un silencio mortecino. El arma se había disparado y Rodrigo había muerto. Sentí alegría por seguir con vida, pero al ver la cara desencajada de mi amigo de la infancia, que yacía inerte sobre mi moqueta, me sentí mal.

Nunca pensé en los sentimientos de mi mejor amigo, pero estaba cegado por los míos propios. Quería a Elisa más que a nada. La amaba. ¿La amaba? Ya no estoy tan seguro. Cuando el rosa del amor se torna rojo sangre, no se trata de otra cosa que obsesión. No estaba enamorado de ella. Solo quería lo que no podía tener. Y debería haber pensado en esto antes de arruinar tres vidas estúpidamente. La mía, la de Rodrigo y la de Elisa. Porque he dicho lo que le hice a Rodrigo, pero no lo que le hice a ella. Me odio más si cabe por este fatal hecho que por lo del pobre Rodrigo que en paz descanse.