Platos rotos


“Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón.”
Jorge Luis Borges

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Platos rotos

Adela abrió con ímpetu las puertas del armario ropero y se lanzó a su interior. Apartó de un plumazo los abrigos que pendían en sus perchas y revolvió los jerséis que permanecían estrictamente doblados sobre sus estantes. ¿Dónde diablos lo había guardado? Desvió la mirada hacia arriba, hacia un alto estante lleno de cajas y otros objetos. Arrastró hasta allí una silla y la utilizó como escalera. Mientras apartaba objetos que no recordaba poseer, se maldijo por no recordar donde había guardado algo tan importante. Ante la desesperación arrojó un grupo de cajas al suelo. Un montón de fotografías que había en una de ellas, se vio desparramado por el suelo del dormitorio. Adela bajo de la escalera con un cuidadoso saltito, y se arrodilló junto a las fotografías. Cogió una con sumo cuidado de no dejar marca con sus dedos. Aparecían ella y Eli, su hermana, vestidas de noche y muy sonrientes. Era la noche del concierto. Recordaba aquella noche aunque hubieran pasado ya diez años, ¿cómo podría olvidarla? Pues aquella fue la noche en que todo comenzó a cambiar.

Recordaba el auditorio. Una cámara enorme que respiraba historia a través de cada moldura. Recordaba cómo estaba Eli de emocionada por tocar en un lugar como aquel, ante tantísima gente. Eli tocaba el violín, y Adela la envidiaba por poseer aquel extraordinario talento. Ella en cambio había sido toda su vida una negada para el arte, para cualquier forma de creación en realidad; pero, en su lugar, se había puesto la meta de conseguir que Eli llegara a lo más alto, que cumpliera sus sueños por las dos. Aunque últimamente se habían distanciado. Adela no la culpaba, pues ella también había estado algo ocupada, desbaratando un par o tres de relaciones propias sobretodo, pero quien las contaba. Eli, por su parte, se había casado el año anterior, por lo que ya sería bastante difícil para ella sacar adelante su vida familiar y su carrera, en aquellos momentos en auge.

Adela miró a la butaca vacía a su derecha. Adolfo, el marido de Eli, como tantas otras veces, no se había dignado en aparecer. Al principio de su relación, Adela, se había alegrado por su hermana. Era cierto que Adolfo causaba una buena primera impresión, era atractivo e inteligente, y parecía saber cómo agradar a la gente. Pero de un tiempo a esta parte había comenzado a cogerle cierta manía, en parte por robarle a su hermana, cosa que nunca confesaría a Eli. Las luces se apagaron y se alzó el telón. La orquesta filarmónica estaba en sus puestos, esperando las indicaciones del director, quien golpeó la batuta sobre el atril y la música rompió a sonar. Eli estaba de pie, era el primer violín, y los sonidos de su instrumento resaltaban por encima de los demás. Adela dejó de pensar, y se abrió a la música de Bach. Un sentimiento de tristeza la sobrecogió. Por un momento creyó ver en el rostro de su hermana que rompería a llorar, pero se recompuso. Adela lo achacó a la emoción de la sinfonía.

Cuando la música se silenció el público restalló en aplausos efusivos, alzándose en pie. La orquesta saludó al público y el telón volvió abajo. Adela, pidiendo permiso y dando disculpas por algún que otro pisotón involuntario, corrió hacia bastidores. Allí se lanzó a los brazos de Eli, apretándose bien fuerte.

– Enhorabuena.- Gritaba excitada Adela.- Ha sido estupendo. Has estado fantástica.

Mientras la estrechaba a Eli se le escapó una mueca de dolor y Adela la soltó. Su hermana se agarraba el brazo mientras se volvía dándole la espalda.

– ¿Qué ocurre? ¿Te he hecho daño?

– No, no. Tranquila.- Dijo Eli mientras se deslizaba hacia la puerta del camerino para cerrarla a la mirada de curiosos.- Me di un golpe el otro día. Ya sabes que soy un poco torpe.

Adela se mostraba preocupada, pero no quería resultar pesada, de modo que no insistió. Aunque en aquel momento no le dio mayor importancia al asunto, las cosas cambiaron desde entonces. Eli no volvió a tocar el violín, por lo que ella sabía, ni tan siquiera en privado. Una lágrima cayó sobre la fotografía que aún sostenía pero hacía rato ya no miraba. Se enjugó la cara y miró el reloj de su pulsera. Se le había hecho tarde. Comenzó a recoger con premura las fotos esparcidas y arrojándolas dentro de la caja. Descubrió así, bajo el montón, una bolsa de tela negra con una cremallera. Ahí estaba. Lanzó la última foto a la caja y con el pie las empujó al interior del armario. Recogió la bolsa y guardó en el bolso con cuidado. Cogió la chaqueta y el bolso y salió a toda prisa dando un portazo.

Cuando entró en la habitación el médico ya estaba allí. Adela cerró la puerta tras de si, y casi sin mirar al doctor se situó a los pies de la cama.

– Lo siento. No he podido llegar antes.

– No se preocupe.- Dijo el médico mientras pulsaba un botón en la pared.- Podemos empezar cuando usted quiera.

Una enfermera entró en la habitación y rodeó la cama, situándose junto a los aparatos electrónicos que, Adela, solo podían intuir para qué servían. Se fijo en un grande que contenía una especie de fuelle en su interior y que producía un ruido persistente de insuflaciones de aire. Era molesto, pero Adela no podía soportar la idea de que parara de una vez por todas.

– Adelante.- Dijo Adela. Rodeó la cama hasta la cabecera y acarició el rostro de su hermana con cariño. Lágrimas anegaron de nuevo sus ojos. Eli parecía dormida. Lo parecía desde hacía cinco años. No sabía como había sucedido exactamente. Lo único que sabía a ciencia cierta era que a su hermana le habían propinado tal paliza que casi no pudo reconocerla cuando llegó al hospital. En aquel instante todos los cabos se unieron. Todos aquellos detalles del pasado que había pasado por alto. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Le cogió la mano.

El médico le hizo un gesto a la enfermera y ésta pulsó un botón. La máquina dejó de bombear aire casi al instante. Unos minutos más tarde, que a Adela le parecieron horas enteras, el doctor puso su estetoscopio sobre el pecho de Eli, miró su reloj y confirmó la hora del fallecimiento.

– Le acompaño en el sentimiento.- Dijo el doctor con tono suave que Adela no alcanzó a oír.- Le dejáremos un momento  solas. Luego hablaremos del papeleo. El médico y la enfermera abandonaron la habitación.

Adela se quedó sola, siendo consciente por primera vez de que se encontraba sola. Eli ya no estaba. En realidad Eli había muerto cinco años atrás, cuando los médicos dijeron que no existían muchas posibilidades de que llegara a despertar. Pero al mantener su cuerpo con vida, había mantenido la esperanza. Una esperanza que hoy había arrancado de raíz. Era el momento de que descansara por fin. Aquel era un día señalado. Quizás Eli, aunque se hubiera recuperado del coma, no hubiera superado aquel día. Era mejor de aquella forma. Simplificaba en cierto modo las cosas.

Adela se inclinó y besó a su hermana en la frente, susurrando un adiós que escapó de sus labios como una exhalación. Cogió el bolso enérgicamente y salió de la habitación sin mirar atrás. Mientras avanzaba por el pasillo tratando de contener la necesidad de derrumbarse y gritar, oyó como la enfermera la llamaba. No miró atrás. Salió del hospital y subió a su coche. Luego se alejó de allí. Tenía cosas que hacer.

Despertó sobresaltada. Se había quedado dormida en el asiento del conductor. Le dolían las cervicales por la mala postura. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Miró el reloj en el salpicadero. Suspiro de alivio al comprobar que aún quedaba algo de tiempo. Tanteó el bolso que reposaba en el asiento del copiloto, como si tratara de asegurarse de que seguía allí donde ella misma lo había dejado. Todo iba según lo previsto. Bajó la ventanilla y observó el edificio que se alzaba al otro lado de la calle. Una pared alta de ladrillos y un enorme portón metálico. De pronto chirriaron los goznes y la puerta se abrió. Salió de allí un hombre vestido con unos vaqueros y una camisa blanca de rayas azules. El hombre se detuvo en medio de la acera, mirando hacia ambos lados y no decidiéndose en qué dirección tomar. Adela se apresuró a coger el bolso y sacó la bolsita negra. Corrió la cremallera con delicadeza y extrajo el contenido. El revólver lanzó un destello al contacto con la luz del sol. Abrió la recamara e introdujo dos balas. Con el arma en la mano se asomó por la ventanilla. Encañonó al hombre mientras lo miraba con odio. Adolfo echó a andar calle abajo, pronto se pondría a tiro. Al acercarse más, Adela, lo contempló debidamente. Se veía mucho más viejo, parecía desnutrido y pálido. Las canas se habían apoderado de su pelo antes oscuro como el azabache. Era una visión lamentable. Un saco de huesos y pellejo. Pero esto no amedrantó la determinación de Adela, lo que lo hizo lo que descubrió en sus ojos. Vio a una persona rota, asustada e indefensa. Adela guardó el arma y subió la ventanilla justo al tiempo que él pasaba de largo. Lo observó a través del retrovisor, alejándose sin rumbo fijo.

Adela tomó aliento. Miró sus ojos en el retrovisor interior como le devolvían la mirada. No sentía que Adolfo hubiera pagado. ¿Por qué le había dejado ir? No había sido una decisión fácil. Pero creyó que no le hubiera aliviado el dolor que sentía en aquellos momentos. No, era mejor esperar. No quería matar a una sombra. No podía arrebatarle algo a alguien que no tenía nada. Cuando llegara el momento, ella ya estaría allí, esperando. Es lo que mejor se le daba en el mundo, esperar.

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