Los desheredados


“No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices desde la miseria.”
Dante Alighieri.

 

La lluvia golpeaba el techo con rabia. El viejo techo de Uralita que los protegía de la cruel intemperie de allá afuera. Se apretujaron unos contra otros, cubiertos únicamente por una raída manta llena de suciedad que apenas sí protegía del frío y la humedad. Miró a sus hermanos con aquellas pequeñas caritas llenas de barro que, así mismo le devolvían unas tristes miradas con aquellos grandes ojos marrones. Él sabía lo que pasaba por sus cabecitas, “¿Cuánto más aguantaremos así?” o “¿Qué nos matará, el frío o el hambre?”. No. Tal vez no pensaran esas cosas, tan solo él. O al menos así lo esperaba. Rezaba al cielo pidiendo que fueran niños un día más, aunque ese día fuera el último. De esta forma quizás no encontrarían una muerte tan violenta como la que tendría un adulto que sabe que el final es próximo. Sería como dormirse un día y no volver a despertarse.

Las vigas de madera de la vieja nave crujieron azotadas por el viento. Tal vez nos matase una pared al desplomarse sobre nosotros, pensó. Era demasiado pedir. Los desheredados como ellos tan solo tenían una cosa, una lenta agonía, y ellos no eran una excepción.

Un trueno lejano le sacó de su ensimismamiento. La tormenta no amainaba, sino por el contrario se sentía cada vez más próxima. Sus tripas rugieron como en respuesta a los truenos, a esa llamada primigenia de la naturaleza. Miró a sus hermanos. Habían caído en un profundo sueño. Sus pesquisas eran ciertas, seguían siendo niños, seguían siendo inocentes. ¿Quién sino un niño puede ignorar los sonoros pasos de la muerte acercándose? Respiró aliviado. Una centella le iluminó el rostro y no pudo evitar pensar que esa sería la última luz que verían sus ojos. Le resultó indiferente. No le dio ninguna pena, en realidad no sintió nada. ¿Qué debía sentir por un mundo que les había tratado de forma tan cruel? Una cierta forma de alivio tal vez. Una paz sosegada y autocomplaciente.

 No había amanecido aún cuando ya sus pobres almas habían abandonados su tristes sacos de huesos y pellejos. La tormenta por fin amainó y la vieja nave abandonada permaneció en pie, convirtiéndose en mausoleo de la miseria.

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