“La pérdida”


Nuevo Relato a la Carta, sirviéndome de las indicaciones dadas por Aida: “Primero; hundimiento, catastrofe, desesperación Segundo; superación, trabajo interno, reflexión encontrar el equilibrio emocional. Personaje; mujer entrando en la madurez!!!”  

Espero cumplir ligeramente las expectativas y que lleguen nuevas aportaciones. 

“La cometa se eleva más alto en contra del viento, no a su favor.”
Winston Churchill

La pérdida

Apenas recordaba lo ocurrido. Se sentía como si acabara de despertar de una pesadilla, rodeada de figuras fantasmales que giraban en torno a ella en una danza de sombras y luces del todo ajena  a ella. Se encontraba mareada y tenía un intenso calambre en la pierna. ¿Qué estaba ocurriendo? Recordaba como la habían sacado en volandas y transportado a otro vehículo; por el sonido supo que se trataba de una ambulancia. No recordaba el accidente, pero sí el último segundo, la última imagen antes de que todo se volviera negro o turbio. Los faros de un coche cegándola.

Cuando la sacaron de la ambulancia se acrecentó la agitación a su alrededor. Un gentío se apiñó en torno a su camilla que recorría a toda velocidad los pasillos. Lo único que podía mantener centrada su vista, conteniendo unas lágrimas traidoras, eran las luces del techo que pasaban una tras otra, como si corrieran en dirección contraria hacia dónde ella se dirigía. El dolor de la pierna se acrecentaba por momentos. En ese instante se le cortó la respiración, aunque no recordaba haber estado respirando antes, e intentó por todos los medios incorporarse, luchando contra manos que la mantenían a la fuerza en posición horizontal. Le decían algo, pero de sus bocas solo emanaban galimatías sin sentido. “¿Qué está ocurriendo?” quiso preguntar, pero no podía hablar. Habían cubierto su boca con algún tipo de máscara de goma, la cual lanzaba aire contra sus pulmones obligándolos a hincharse de nuevo. Cuando la camilla se detuvo por fin una luz blanca muy intensa la cegó y una figura humana de color blancuzco, sin rostro, tan solo ojos, se inclinó sobre ella y le dijo algo con tono angelical. No pudo entenderlo, pero su tono la tranquilizó. Luego se volvió hacia otra persona en la sala, a la que ella no podía ver, y acto seguido todo volvió a la negrura anterior.

Al despertar estaba envuelta en sábanas ásperas, en una habitación pulcra y limpia pero desconocida. A pesar de que acababa de abrir los ojos se encontraba cansada y tenía la garganta seca. Al pensar en la imagen de los faros sobre ella volvió el dolor sobre su pierna derecha. Un dolor lacerante como el que se siente al cortarse en un dedo con un cuchillo de cocina, pero cien mil veces más intenso. Intentó incorporarse. Buscó el botón y la cama comenzó su ascenso lento hasta que se encontró semi-incorporada. Fue ese el instante en que todo se volvió real, tangible. Al extender su mano sobre las sábanas en busca de su pierna dolorida no encontró nada. Aguantó la respiración. Durante unos segundos que parecieron eternos tuvo miedo de moverse, tenía miedo de confirmar que era real. Quería apartar la sábana y descubrir cuan equivocada estaba, pero tenía miedo. ¿Y si no estaba allí? Podía sentirla, sentía el dolor, el roce áspero de la vasta tela en la punta de los dedos del pié. No era posible. No le habían cortado la pierna, debía de ser un error. Alguno de sus sentidos la engañaba. Sus ojos, ella apostaba por sus ojos. Le mostraban un espacio vacío, un llano yermo carente de volumen dónde debía estar su pierna derecha. Debía ser eso. Ella sentía su pierna.

Se echó a llorar.

Una eternidad había pasado desde aquel momento. Casi creería que le había pasado a otro si no fuera porque a la mitad de su muslo derecho comenzaba un abismo insalvable hasta el suelo. Y todo lo que conllevaba tal hecho. Sesiones de recuperación, terapia, visitas de amigos demostrando su desconsuelo y apoyo. No es que fuera desagradecida, pero el hecho de que sus allegados se apiadasen de ella no hacía más que alimentar esa ira interna que no paraba de crecer en su interior y que ocupaba una enorme vacío que ya se encontraba allí antes del accidente. Antes de su accidente. Cuando aún tenía una vida.

Una vida que odiaba profundamente. Hacía tres años que se había divorciado y su ex-marido se había apresurado a sustituirla por una chica más joven en cuanto salió por la puerta. Aunque eso la molestaba de alguna manera, lo llevaba bien. Pero ella siempre había sido una persona solitaria. Tenía amigos, claro, pero no especialmente íntimos, ninguno al que le pediría que le regara las plantas mientras estaba fuera de la ciudad. Tampoco había cultivado ninguna relación con compañeros de trabajo fuera de la oficina. No habían tenido hijos, aunque a ella le habría gustado ser madre cuando llegara el momento. Siempre había dedicado sus energías a favor de su matrimonio, por eso sentía que de alguna forma había fracasado. Pero se obligó a sí misma a continuar adelante, a pesar de no poder contar con nadie, con ningún hombro en el que apoyarse. Correría hacia la meta con la cabeza bien alta. Fue así como empezó a correr.

No estaba segura de cómo tomó la decisión de enfundarse en ropa deportiva y estridente y lanzarse a correr. Pero una vez que empezó no pudo parar. Al correr los problemas se quedaban atrás. Su mente se centraba en el presente, en su ritmo cardíaco, en su respiración, en cada zancada. Una maquinaria bien engrasada. Durante una hora al día, podía ser ella misma, sin presiones, sin miedo al qué dirán, sin repercusiones. Sus músculos en tensión, sus pulmones llenándose de aire para luego expulsarlo. Era la sensación de libertad más auténtica que podía encontrar.

Era eso lo que le habían arrebatado. Era eso lo que le había quitado el accidente. Le habían amputado la libertad. De esta forma no tenía armas contra la que afrontar la crisis. Volvía a encontrarse presa, en lugar de en un matrimonio sin amor, en su propio cuerpo. Necesitaba sentir el aire golpearle la cara al correr. Notar como sus músculos se tensaban y destensaban con gracilidad mecánica. Pero eso nunca volvería a ocurrir. O eso pensaba.

La idea de la prótesis no le resultó una sorpresa, pero desde un comienzo se había negado a aceptarlo como algo viable. Creía que no podía devolverle lo que había perdido, o al menos eso se repetía a sí misma. Lo cierto era que temía no superar una nueva decepción. Sus médicos le habían explicado las posibilidades de la pierna artificial, así como la posibilidad de que nunca se adaptara a ella o las posibles repercusiones físicas que podían deteriorar aún más la parte del miembro que aún le quedaba. Pero finalmente se decidió por intentarlo.

La extremidad estaba compuesta en su mayoría por titanio y látex. Al desembalarla y mostrársela, brillaba a la luz del sol que entraba en la habitación con un aire fantasmal, como si no perteneciera a este mundo. Algo así como las sandalias con alas del Dios Griego Hermes. Pero aún así se resistió a hacerse ilusiones. Se la pusieron con cuidado y la ayudaron a incorporarse. Se aferró a una barra de acero atornillada a la pared para sostenerse. Se sentía extraña. Con un peso anormal que tiraba de ella hacia el suelo. Intentó dar un paso pero perdió el equilibrio y no acabó en el suelo gracias a la barra de la pared. Los médicos no dejaban de repetirle que llevaba tiempo y práctica. Ella no podía esperar más. Necesitaba correr como el viento. Pero eso tal vez no ocurriera nunca. Caminar distaba mucho de correr. No, no podía esperar un segundo más. Soltó las manos de la barra que la mantenía estable y se dispuso a realizar su segundo intento. Alzó la pierna artificial y la posó en el suelo a unos centímetros hacia adelante. Luego, cambiando el peso de pierna, realizó el mismo movimiento con la pierna sana. Se tambaleó ligeramente pero consiguió mantenerse en pie. Repitió el ejercicio una vez más y se dejó caer exhausta contra la cama. El enfermero y el médico corrieron a ayudarla, pero cuando la sentaron en la cama se sorprendieron al verla sonreír por primera vez desde el accidente.

No había corrido. Apenas había andado. Pero durante una décima de segundo había vuelto a sentir la libertad.

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