Acechado


“Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia.”
Mahatma Gandhi.

 

Acechado

La oscuridad se cernía a su alrededor como si una venda cubriera sus ojos. El calor era sofocante y el sudor mezclado con la suciedad de su rostro le surcaba la frente. Se hallaba acurrucado bajo unos matorrales, apretando contra su pecho su M-16 como si fuese su amante. Trataba de respirar lenta y silenciosamente para no descubrir su posición, pero los nervios le traicionaban. En el año que Jack llevaba en Vietnam había visto cosas espantosas. Cosas que creía no poder olvidar jamás y era lo único que deseaba. Pero no era nada comparado con lo que sucedió aquella noche. Todo
su batallón aniquilado en cuestión de minutos. El aire portaba el olor de la pólvora quemada entremezclado con el dulzón aroma de la sangre. Pero lo peor de todo es que sabía que aún seguían ahí, acechándole como perros de presa.
El ruido de algunas ramas al moverse sobresaltó a Jack. Sus ojos se movían nerviosamente escrutando el entorno. Sus dedos se agitaron en torno al gatillo de su arma. Tenía ganas de gritar, de salir corriendo mientras disparaba a la oscuridad, pero sabía que no lo conseguiría. Su mente volvió al momento del ataque en busca de respuestas.
Jack y sus compañeros se encontraban en medio de un claro en la jungla. Era la primera noche en tres días que no llovía, y el sargento Korran les hizo detenerse para pasar la noche. Jhons y Clayborn harían la primera guardia. Todos estaban tranquilos, porque hacía una semana que no topaban con Charlie. Jack se quitó la mochila y se dejó caer sobre ella a modo de almohada. Se colocó el casco sobre la cara y se preparó para dormir, dejando siempre cerca su arma. Sin ella se sentía desnudo, sabía que era lo único que le separaba de la muerte.
No sabía cuanto tiempo pasó desde que cerró los ojos hasta que un rugido espantoso seguido de un grito de dolor le despertó. Las armas de sus compañeros comenzaron a aullar iluminando el claro. Jack no sabía contra quién disparaban, ni siquiera en qué dirección. Aquello parecía un caos total. El sargento daba órdenes inaudibles e ininteligibles para todos ellos. Cuando Jack se volvía tan sólo un segundo, uno de sus compañeros era engullido por la selva, desapareciendo. Fueran quienes fuesen era nos expertos en camuflaje y lucha cuerpo a cuerpo, pues no había visto ni un sólo fogonazo que no proviniera de alguno de sus compañeros. No tardó en percatarse que se encontraba solo en el claro, y el ruido de fuego había cesado. Una sombra cruzó tras él tan rápido que no pudo verlo. Jack se volvió y dejó ir una ráfaga. Estaba sólo. No había esperanza. Era el momento de una retirada estratégica. Apretó el arma contra su
pecho y saltó hacia la maleza. Corrió unos metros con todas sus fuerzas, entonces se arrojó al suelo y redó hasta quedar oculto.
Había alguien cerca. Los ojos de Jack se abrieron como platos. Una figura envuelta entre sombras se hallaba a unos pasos de él. Se detuvo con la cabeza inclinada hacia arriba, como si olfatease el aire. De pronto dejó escapar un gruñido más animal que humano. Jack miró el arma que seguía firmemente apretad contra él, y pensó: “Si tengo que
morir me llevaré a cuantos cerdos pueda por delante.” Se armó de coraje y saltó hacia su enemigo empuñado el M-16. Llenó a aquel tipo de plomo, aún cuando calló al suelo y dejó de moverse. Después Jack se puso en guardia y giró ciento ochenta grados por su había alguien más. Pero no pasó nada. La jungla volvía a cubrirse de silencio. El maldito silencio de cementerio, pues era eso en lo que se había convertido aquel lugar. Jack sacó una bengala de su chaleco y la prendió. De pronto quedó iluminado por aquella luz rojiza. Se inclinó junto al cadáver de su enemigo para verle la cara. Se sobresaltó. Aquel tipo tenía el rostro deforme, casi inhumano. Y bajo su labio superior salían unos colmillos aterradoramente afilados, sobretodo teniendo en cuenta que tenía la boca rodeada de lo que parecía sangre, aunque no tenía ninguna herida en esa zona. Un ruido a su espalda hizo que se girara rápidamente con el dedo en el gatillo, pero no llegó a disparar.

– ¡Sargento!- Dijo Jack sorprendido.

El sargento parecía herido, chorreaba sangre de su cuello y se movía tambaleándose. Jack corrió a ayudar a su superior, pero algo le hizo dudar. Algo en los ojos del sargento le dio miedo. Parecía que brillaban en la oscuridad como los de un gato. Alzó de nuevo el arma.

– ¡Sargento no se mueva!- Gritó.- ¿¡Qué cojones está pasando aquí!?

El sargento no se detuvo. Jack apretó los dientes con fuerza y se dispuso a presionar el gatillo, pero no pudo hacerlo. Algo acababa de impedírselo. Unos brazos con una fuerza sobrehumana acababan de apresarlo y notó una respiración junto a su nuca. Por el rabillo del ojo pudo ver que se trataba del hombre al que acababa de matar. No
tardó mucho en hundir sus afilados colmillos en su cuello. Era una sensación extraña, entre excitante y dolorosa. Podía imaginarse como sus venas se contraían cada vez más al verse privadas de sus tan preciados fluidos. De algún modo, entre la conciencia y la inconsciencia, Jack supo que cuando despertara de aquel sopor su vida habría
cambiado para siempre. Si es que se le podía llamar a aquello vida.

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